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INTERÉS GENERAL

Abuela Carabajal: la Fiesta Patria de la que Neuquén y Río Negro también son parte

No vamos solo para bailar en una ronda eterna en un patio de tierra; a amanecernos de chacarera, a compartir el vino y lo que entre en el corazón; no vamos a abrazarnos con las personas queridas y desconocidas porque nos miramos, nos sonreímos, nos reconocimos. Vamos a la simple alegría de hacernos pueblo por un puñado de días. A regocijarnos en la felicidad de los otros: la misma que sentimos cuando escuchamos reírse a nuestros hijos.  La Fiesta de la Abuela María Luisa Carabajal es más que el cumpleaños al que todos estamos invitados, es una comunión.

Vamos a la simple alegría de hacernos pueblo por un puñado de días”.

Todo sucede en Los Lagos, un barrio muy humilde de La Banda, Santiago del Estero. Lejos de la orilla del Mishky Mayu, un caserío pobre donde quema el sol y vuela el polvo entre los algarrobos, lapachos y sauces. Ahí, hace muchos años atrás, María Luisa Paz, una doña nacida en 1901 en Clodomira, crió a 12 hijos varones, a mangas remangadas, braza y harina. Se había casado con el músico Francisco Rosario Carabajal, con quien sembraron, casi sin dimensionar, un legado popular inagotable.

Cuando Luisa cumplió 50 años, sus hijos mayores le organizaron un festejo grande en el patio de la casa. Empanadas, locro, cerveza, guitarra y corazón: no se necesitaba nada más. El tiempo hizo que esa intimidad se volviera colectiva y hoy, después de 32 años de ausencia de la abuela Luisa, miles y miles de personas se juntan a celebrar un recuerdo, una tradición, una memoria.

Foto: Fernando Ariaz

Durante 3 días, Los Lagos se enciende. Las calles se llenan de puestos: cabritos, empanadas, tortillas, chipaco, empanadillas, choripán, artesanías, nueces confitadas, juguetes chinos, cerveza, Fernet, palitos de agua. Los vecinos abren las puertas y sus patios. La municipalidad garantiza un sonido y un escenario central. La casa de la abuela monta algunas mesas y un pequeño sonido. Algunos artistas abren sus peñas en los clubes, durante el día, pero más por la noche. Nada es grandilocuente, ni pretencioso. No hay monopolios, ni planificación. Porque la fiesta, ya sin cumpleañera, sucede por las gentes que llegan con sus brazos extendidos, los zapateos de berretí, el corazón dispuesto a la alegría. Y no importa si quien toca es un changuito que recién está empezando o una institución del folclore.

Foto: Rayén Guerrero Dewey

Y en esa marea también está Neuquén. Este año desde Aluminé viajaron algo más de 15 personas y Eva Milone, bailarina, facilitadora y creadora del taller de danzas Tinkunaku se llena de orgullo.

—Hace 16 años llegué a Aluminé y siempre transmití la experiencia sin igual que es venir a la Abuela, como hacemos con las cosas que amamos, que nos hacen bien. A esta fiesta la hacemos los que vamos. Yo empecé a venir en 2008.  Es una construcción única y de ese momento que vale la pena vivirla. Lo que siempre me sedujo mucho de la fiesta es la espontaneidad, la intensidad con la que se vive el folclore, que no lo he visto en ninguna otra situación, ni lugar. Tampoco conozco a nadie que haya dicho, bueno, fui una vez, ya está, me saqué las ganas. Al contrario, vas una vez y vas toda la vida.  Es tan importante que la gente conozca este evento porque hace muy bien al alma, hace muy bien a la salud —dice Eva Milone.

Muchos viajaron en colectivo, organizando con otros grupos neuquinos. Alejandro Larrainzar dice que él con sus amigos viajaron en avión porque lo sacaron el 25 de enero, con tiempo, para que sea viable. No fue una decisión caprichosa, sabían bien que iban a construir nuevas anécdotas, nuevos recuerdos, porque en definitiva la abuela es ese compartir, ese tejido invisible que se hace mientras la fiesta avanza.

Foto: Rayén Guerrero Dewey

Este año, también dijo presente el bondi de la percusionista cipoleña Flor Olatte, que hace muchos julios lleva gente del Alto Valle a la Marcha de los Bombos, pero es la primera vez que van a la Fiesta de la Abuela. Cincuenta personas, un grupo inmenso.

—Es la primera vez que lo organizo y también que voy yo. Vinimos con una compañera que esta era su doceava vez, así que contamos con su experiencia para entender de qué se trataba, pero hasta que no lo vivís, no lo entendés. Es el verdadero no lo entenderías. Es la cultura viva santiagueña, la vivís en carne propia. Te abren las puertas de sus casas, de sus patios, de su cultura.  Son muy generosos. El domingo estuvimos en el escenario central tocando con los Espinoza, un grupo de Cipolletti. Nos hicieron el aguante y se notó la presencia del Valle, fue hermoso.

Flor adjudica la gran participación en la Fiesta a cómo está creciendo el folclore en la zona: todos los fines de semana hay peña, guitarreada, alguna propuesta para disfrutar.

Fenómeno que en gran parte se da por el gran flujo migratorio que implica la ilusión de Vaca Muerta en un contexto de extremas carencias en las provincias, castigadas por las políticas nacionales. Sin embargo, nada que escape a la construcción identitaria neuquina, que desde siempre se cuece en el abajo, donde lo popular prevalece, se mezcla, danza, reconociéndose en las sonoridades que implican los territorios que viajan en el corazón de los laburantes.

Foto: Rayén Guerrero Dewey

A Santiago vamos desde Neuquén, desde Río Negro. Pero también va gente de Corrientes, Jujuy, Santa Fe, Salta, Buenos Aires, Mendoza, y así. Vamos porque hay lugar para todos. Vamos porque nos sentimos parte. Vamos porque es de verdad. Vamos porque es cierto que hace bien al alma.  Vamos porque confiamos en nosotros. Vamos porque sabemos lo hermoso que es vernos felices. Vamos porque es exactamente en ese encuentro donde volvemos a hacernos Patria, una Patria que aún somos y que nos está esperando.

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