A la luz despiadada y ecuánime de las estadísticas, nuestras vidas, de sinuoso azar aparente, son apenas una predecible sucesión de trivialidades.
La saga intelectual de la genética molecular, de acuerdo con la historiografía más difundida de la ciencia, se remonta a las observaciones realizadas por el fraile Gregor Mendel a lo largo de su vida dedicada al estudio en el convento de Brünn (República Checa), durante el Siglo XIX. Pero mucho antes que él, los pueblos americanos desarrollaron avanzadas técnicas de selección de cultivos para obtener el maíz y todas las otras especies hortícolas desarrolladas en América, las cuales hoy alimentan al mundo como productos que expresan en cada una de sus deliciosas características el conocimiento ancestral del que provienen.
Posteriormente, y en la misma senda cuyo señalamiento se le reconoce Mendel, el estudio de la embriología resultó ser un ámbito lleno de descubrimientos, con las más diversas implicaciones. Dos células diferentes, de organismos diferentes, se unen para conformar un tercer organismo, que recorrerá una trayectoria de desarrollo similar a la de los organismos de los que proviene, dando eventualmente origen a un nuevo organismo de la misma índole que reproducirá a su vez el mismo proceso. ¿Cómo se consigue esa regularidad? La respuesta genética a esa pregunta es uno de los grandes logros científicos del siglo XX.
Los conceptos de gen y de información genética se divulgaron fuera de los ámbitos académicos en forma tal que impactaron a la opinión pública, estableciendo generalizadamente la idea de un determinismo genético según el cual en el ADN de cada organismo están codificadas las etapas de su crecimiento, las características que tendrá en cada una de ellas y la forma en que debería terminar su ciclo como organismo individual operativo.
Todo lo cual es parcialmente cierto. Porque la epigenética es la otra cara de esa interpretación: el desarrollo del organismo según los parámetros que establece el ADN necesita un ambiente que lo sostenga, y también en ese ambiente está guardada, en una memoria ambiental de largo plazo, la silueta de la huella que la trayectoria de desarrollo de su especie acumula en el medio. Y esa memoria epigenética es una memoria activa que modela al mismo tiempo que conserva.
Desde este punto de vista, pertenecer a una especie no es otra cosa que recorrer una trayectoria de desarrollo que recapitula los mismos estadíos típicos que otros organismos de nuestra misma clase. Y esa repetición de trayectorias sucede en un ambiente en el que se marcan las huellas de esos desarrollos característicos, donde se crean los nichos que favorecen y refuerzan la posibilidad de que esas trayectorias se repitan: las particularidades de las especies que forman parte de un ecosistema están latentes en el ambiente donde se desarrollan. Es lo que la biología reconoce como “ecotono”.
Desde este punto de vista, pertenecer a una especie no es otra cosa que recorrer una trayectoria de desarrollo que recapitula los mismos estadíos típicos que otros organismos de nuestra misma clase”
En cierta forma es un proceso similar al de la erosión de desfiladeros por el viento y el agua: los perfiles que se van definiendo favorecen la repetición de recorridos y turbulencias que modelan el terreno en formas que hacen cada vez más frecuentes esos recorridos y turbulencias, configurando un paisaje que refleja esa historia acumulada, de manera que el recorrido del agua está guardado en la memoria a largo plazo de la forma del cañadón, la cual, al mismo tiempo, cambia imperceptiblemente con cada tormenta.
Cuando aloja a una comunidad humana, un ecosistema se convierte en un sistema ecosocial y las relaciones semióticas que estructuran nuestras sociedades pasan a alterar y determinar algunos de los flujos energéticos y materiales de ese ecosistema con presencia antrópica. El cambio social y el cambio ecosistémico coevolucionan modificándose mutuamente: las comunidades se adecúan a los ciclos ambientales adoptando prácticas semióticas parcialmente determinadas por ellos y al mismo tiempo en la memoria a largo plazo del ambiente se inscriben las huellas de las prácticas culturales de la comunidad que lo habita.
Entonces el ambiente social en el que se desarrollan las personas es el resultado de la interacción compleja de factores culturales y ecosistémicos que se modifican recíprocamente, gatillando perturbaciones mutuas a lo largo de una historia común coevolutiva en la que ninguno de los componentes determina por completo el comportamiento de los otros.
En este punto corresponde señalar algo muy importante: los organismos, las comunidades y los ambientes se desarrollan en escalas de tiempo diferentes. Pensemos en una comunidad de insectos como las libélulas y una comunidad de peces como las truchas. Para las truchas la interacción predatoria con la comunidad de anisópteros es un hecho recurrente. Para las libélulas adultas se trata de una interacción que pone fin a su existencia individual. En el ambiente en el que ambas comunidades se desarrollan e interactúan se expresan los efectos a largo plazo de esa dinámica, que también está representada en la etología característica de truchas y libélulas.
El ciclo de vida de las libélulas, desde la fase de huevo hasta la muerte en edad adulta, abarca entre seis meses hasta seis o siete años. La mayor parte de la vida de una libélula se desarrolla en forma de ninfa, debajo de la superficie del agua, usando mandíbulas extensibles para capturar otros invertebrados o incluso vertebrados como renacuajos y peces.
Cuando la ninfa está lista para comenzar su proceso de metamorfosis y convertirse en un adulto, sube por una caña o una planta emergente. La exposición al aire conduce a la larva a iniciar la respiración. La piel se abre en un punto débil detrás de la cabeza y la libélula adulta se arrastra fuera de su piel larval, mueve sus alas de arriba abajo, y vuela a alimentarse de mosquitos y moscas. La etapa voladora de las especies adultas más grandes puede durar de cinco a seis meses.
Si bien cada libélula recapitula individualmente los estadíos de huevo, larva y adulta, todas las libélulas los atraviesan en el mismo orden y en momentos similares de su vida. Esa secuencia no es invariable, y en cada organismo se registran variaciones ínfimas. A lo largo de grandes períodos de tiempo esas variaciones pueden acumularse y extenderse hasta incorporarse como aspectos regulares del ciclo: es el mecanismo en el que opera la diferenciación de especies según la teoría de la evolución.
Los ecosistemas también sufren variaciones adaptativas en periodos de tiempo aún más extensos. Pero el cambio cultural en las comunidades antrópicas puede ser mucho más rápido y acelerar también los tiempos de los cambios ecosistémicos, haciendo que los mismos sean evidentes incluso durante la acotada duración de una vida humana.
el cambio cultural en las comunidades antrópicas puede ser mucho más rápido y acelerar también los tiempos de los cambios ecosistémicos”
El Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, en su libro “El Precio de la Desigualdad“, observa que el 90% de los que nacen pobres mueren pobres por más esfuerzo o mérito que hagan, mientras que el 90% de los que nacen ricos mueren ricos, independientemente de que hagan o no mérito para ello. A partir de este hecho concluye que esto ocurre porque los sistemas sociales (reglas, impuestos, acceso a justicia) están diseñados para mantener esas posiciones por una elección política que perpetúa la brecha favoreciendo a una clase dominante en detrimento de otras clases dominadas.
Hoy las cárceles de Neuquén (y de toda la Argentina) están mayoritariamente pobladas por varones jóvenes provenientes de contextos de pobreza. Sus historias de vida repiten, como libélulas de la desigualdad, trayectorias predeterminadas por fuerzas sociales que los arrojan a la marginación. También las y los jóvenes que por estos días celebran sus graduaciones en costosas universidades privadas recorren, esta vez como libélulas de la prosperidad, un cómodo camino de progreso que las mismas fuerzas sociales despliegan para su desarrollo.
Hoy las cárceles de Neuquén (y de toda la Argentina) están mayoritariamente pobladas por varones jóvenes provenientes de contextos de pobreza. Sus historias de vida repiten, como libélulas de la desigualdad, trayectorias predeterminadas por fuerzas sociales que los arrojan a la marginación. También las y los jóvenes que por estos días celebran sus graduaciones en costosas universidades privadas recorren, esta vez como libélulas de la prosperidad, un cómodo camino de progreso que las mismas fuerzas sociales despliegan para su desarrollo”.
Una libélula crecerá como libélula y por más deseos que tenga de permanecer en el agua, un día comenzarán a crecerle las alas y deberá volar. De la misma manera inexorable se repite el destino de las personas de acuerdo a su clase de pertenencia.
Desde una perspectiva epigenética, tomar conciencia de clase significa comprender que buena parte de nuestro recorrido vital está condicionado por determinantes sociales. Las desviaciones, como el caso de talentosas y talentosos artistas o deportistas de origen proletario que gracias a su habilidad consiguen fama, dinero y propiedades, alejándose y alejando a su familia del destino de pobreza del que no escapan sus congéneres menos favorecidos, son precisamente eso, desviaciones que no refutan sino que más bien confirman esta observación.
Pero el medio social puede modificarse más rápidamente que el medio ecosistémico. Cambiar la sociedad es necesario, es posible y es nuestro derecho.