El trabajo que realizan a diario las organizaciones sociales en los barrios neuquinos es admirable. Con sol o con lluvia, con más o menos recursos y con o sin ayuda de los gobiernos, la presencia en el territorio siempre está garantizada. Pero en tiempos de ajustes, recortes y ausencia de políticas públicas todo es más difícil. El hambre se expande y golpea de lleno a los merenderos y comedores, que se ven en la obligación de achicar las asistencias y priorizar a las familias que atraviesan una situación límite. Pasa en casi todos estos espacios desplegados por la ciudad y también pasa en el “Comedor CTEP 7 de Mayo”, donde hoy sólo pueden responder a la demanda de unas 250 familias de las más de 450 que necesitan y piden una ayuda alimentaria.
“Este lugar me permite vivir. Si no fuera por este comedor, me hubiese muerto”. Las palabras pertenecen a Graciela López, la rigurosa encargada de la cocina. La potencia y dureza de esta frase penetra y permanece durante toda la charla, como el olor del guiso que comienza a tomar forma en grandes ollas al cuidado de las manos de Gloria y Normita, las otras dos responsables de preparar unas 250 viandas cada lunes, cada miércoles y cada viernes.
“Acá cocinamos como si lo hiciéramos para nuestros hijos”, expresa Graciela y cuenta que todo lo que hacen es con esfuerzo, de manera voluntaria y con el único objetivo de dibujarles, al menos por un ratito, una sonrisa a los vecinos que más lo necesitan. “Somos una gran familia y eso es lo más lindo que tenemos”, agrega con los ojos empeñados.
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En Neuquén, como en el resto del país, los comedores existen desde hace años. El trabajo que hacen organizaciones sociales, como la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) en este caso, es clave y necesario. En momentos donde la urgencia no ocupa las agendas de las y los políticos, son ellas quienes hacen política desde el territorio. Dicen presente, tienden una mano y contienen con lo poco que está a su alcance.
La llegada de Javier Milei al Gobierno despojó lo que se venía haciendo. “En los pocos meses que lleva destruyó todo”, afirma Débora Hernández, una de las referentes de la CTEP. Asegura que el desembarco de La Libertad Avanza generó la eliminación de todo tipo de ayuda social. “Me da vergüenza el presidente que tenemos. Están pasando cosas muy tristes que lastiman mucho”, dice.
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El espacio, ubicado en Cabellera del Frío y Rosario, en el Barrio 7 de Mayo, surgió hace una década por iniciativa de vecinas que querían ayudar. Entre ellas estaba Graciela. En aquel momento, se empezó con una copa de leche y actividades recreativas, sólo los sábados. También se celebraban cumpleaños y se festejaban el Día del Niño y el de la Primavera. Pero la llegada de la pandemia trastocó todo. La necesidad era imperiosa y en ese momento la casa de Luis (uno de los hijos de Graciela) se convirtió en un merendero. Lunes, miércoles y viernes llegaban unas 450 familias con sus bolsitas y botellas a retirar la leche o el té y algo dulce o salado, dependiendo el día. También tenían la posibilidad de participar de talleres de guitarra, zumba, repostería y panificación. Pero todo se borró de un plumazo a partir del 10 de diciembre. El merendero ya no existe como tal y la mitad de esas familias no reciben ayuda. Hoy, sólo se cocina y se cocina con lo que hay. “Para sostenernos tuvimos que reducir todo. Los talleres no pudieron continuar porque Milei dio de baja los planes de los profes. Igual pasó con el merendero. No hay ayuda suficiente”, afirma Débora, quien no esconde su angustia y mastica bronca porque le duele no llegar a todos o ver cómo la mitad de la gente está en una lista de espera.
Explica que hoy sólo cuentan con una entrega semanal de Provincia, pero que es insuficiente para abastecer la demanda. Para llegar a esas 750 viandas por semana, no les queda otra que rebuscárselas.
“Nos costó mucho tomar la decisión de cerrar los talleres porque dejábamos a todos esos nenes y adultos sin esos espacios que eran su felicidad, pero no teníamos otra salida”, cuenta y desliza que en la actualidad intentan cubrir esa ausencia con clases de apoyo. También hacen, una vez al mes, una feria de ropa usada, que les sirve para comprar algunos alimentos y los productos de limpieza.
“Acá estamos, con las puertas abiertas todo el día para lo que necesite el barrio”, aclara con firmeza Graciela. Agradece a su compañero Omar, a su hijo, a cada una de las personas que hace posible que las familias tengan al menos algo para comer, a la organización y a Soledad Urrutia, la referente de la CTEP en Neuquén, por permitirle “volver a vivir”.
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Llegar al único comedor que la CTEP tiene en Neuquén capital no es sencillo. Con o sin GPS es necesario llamar por teléfono y que alguien te oriente en tiempo real. Las casas similares, las esquinas similares, las calles similares lo dificultan un poco. Pero se llega, con paciencia, se llega.
“Esto para mí es todo. Entré a la organización porque necesitaba una mano y acá me la dieron, me ayudaron muchísimo”, reconoce Débora y agrega que “después de vivir eso es imposible no devolver algo”.
Habla del barrio, de lo comunitario, de la gente, de los otros espacios cercanos que ayudan, de la importancia de tejer lazos, del significado de solidaridad y también del compromiso social. “Cuando me propusieron ser una de las referentes de la organización pregunté qué era eso y qué era la política. No entendía nada. Pero acepté y acá estoy”, menciona y acompaña la anécdota con una contagiosa risa. “Acá conocí a un grupo de gente genial que trabaja día a día por el otro”, cierra
–¿Con qué sueña?- le preguntamos a Graciela.
–Sueño con seguir acá, porque esto fue lo que sanó a nuestra familia. A este espacio le debemos nuestra vida- reitera sin titubear.
Son las 11.20 y el guiso ya está casi listo para salir. Omar espera en la puerta la llegada de los primeros que se acercarán con un recipiente en la mano. Una imagen que se repetirá durante las próximas dos horas de este viernes nublado y fresco en pleno oeste neuquino.