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CULTURA OPINIÓN

Sociedad de Responsabilidad Ilimitada

“Anoche Zhuangzi soñó que era una mariposa, y cuando despertó no sabía

si era Zhuangzi, que había soñado ser mariposa,  

o una mariposa que soñaba ser Zhuangzi”.

Libro de Zhuangzi, S III A.C.

Las Sociedades Anónimas, cuyo desarrollo comenzó a principios del siglo XVI y que para fines del siglo XVII se hallaban plenamente reconocidas dentro de los sistemas legales de Francia y el Reino Unido, fueron una herramienta fundamental en el proceso de desarrollo y expansión del capitalismo: ya en los albores del sistema existían ciertas esferas de la producción para cuyo emprendimiento era necesario un mínimo de capital que ningún individuo podía reunir. La estructura de la sociedad anónima actual se origina a partir de las formas administrativas de las grandes empresas de colonización y descubrimiento, como la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (1602), la Compañía Inglesa de las Indias Orientales (1612), la Compañía Holandesa de la Indias Occidentales (1621) y la Compañía Australiana del Sur (1626).

Los elementos que caracterizaban a estas compañías colonialistas eran, primero, su regulación por una Carta real que autorizaba su creación; segundo, el goce de una personalidad jurídica independiente de la de los accionistas involucrados y finalmente el reconocimiento de la responsabilidad limitada al capital aportado por dichos accionistas en la operación de las empresas así constituidas. Adicionalmente, para favorecer su expansión, muchas de ellas recibieron desde sus inicios subsidios y el otorgamiento del monopolio en su actividad por parte del Estado.

El capital siempre niega el pasado, ocultando los mecanismos de apropiación que utilizó para conformarse, pero hoy sabemos bien el tipo de prácticas a las que se dedicaron esas empresas colonialistas en África, Asia, América y Oceanía, donde los territorios y las personas sufrieron las tremendas consecuencias del comercio de seres humanos para su explotación laboral en las formas más brutales del extractivismo agrícola, minero y maderero; las cuales resultaron apenas la antesala de las refinadas modalidades de la crueldad eficiente distintiva de las fábricas-prisión del primer capitalismo industrial, llevado a cabo con la misma herramienta jurídica de la Sociedad Anónima de Responsabilidad Limitada.

La historia del capitalismo es la historia de las sociedades anónimas apropiándose de los recursos y las personas a escala planetaria. En nuestro país ahora el presidente propone que incluso los clubes deportivos sean propiedad de este instrumento comercial. En el tomo III de El Capital, Marx observa con agudeza que la sociedad anónima es la manera en que se suprime el capital como propiedad privada dentro del mismo régimen capitalista de producción: el capital de la sociedad es opuesto al capital privado de los accionistas; el capitalista activo se transforma en un administrador del capital ajeno y los propietarios del capital se convierten en simples capitalistas del dinero.

El trabajo necesario para la creación del capital y las consecuencias destructivas de la industrialización son velados por la estructura jurídica de los estados capitalistas modernos. Los accionistas que se enriquecen con los beneficios de las explotaciones que financian nunca responden por los deterioros sociales y ambientales que se generan para engrandecer sus patrimonios, mientras que por la dinámica natural de concentración y monopolización intrínsecamente vinculada a las sociedades anónimas desde su origen histórico éstas se constituyen en actores globales supranacionales que no responden ya a ninguna regulación sobre sus actividades: no hay poder efectivo capaz de responsabilizarlas por nada.

La limitación de responsabilidad es una ilusión conveniente e incluso posiblemente necesaria para nuestra conformación psicológica individual, pero dista de ser una realidad comprobable. Más aún, de acuerdo con los postulados más modernos de la ciencia (que en este punto coinciden con milenarias doctrinas filosóficas), no resulta claro que se puedan separar la materia y la conciencia: desde Heinseberg sabemos que los electrones pueden comportarse como ondas energéticas o como partículas materiales, y las más recientes investigaciones cuánticas multiplican las especies subatómicas afectando incluso nuestra concepción del vacío, que ya no es la ausencia de materia sino una sopa de probabilidades en la que pueden emerger aleatoriamente hadrones y gluones a partir de los cuales se construyan nuevas partículas surgidas de la nada aparente.

Una década antes de que Edward Lorenz trazara los primeros lineamientos de lo que hoy conocemos como Teoría del Caos, el escritor de Ciencia Ficción Ray Bradbury publicaba en 1953 Las doradas manzanas del Sol, una recopilación de 32 cuentos cortos entre los que figura El ruido del trueno, una historia de viajes en el tiempo en la que el aplastamiento fortuito de una mariposa prehistórica modifica drásticamente la conformación de la sociedad estadounidense millones de años más tarde. La forma lobulada semejante a dos alas del gráfico que representa las ecuaciones de la Transformación de Lorenz para explicar la dinámica los sistemas sensibles a las condiciones iniciales, que el físico sintetizó además con su célebre conjetura de que “el aleteo de una mariposa en Japón desencadena un huracán en el caribe”, hicieron que la Teoría del Caos se difunda en la cultura popular resumida en la frase “El efecto mariposa”.

Vivimos, como en El ruido del trueno, en un universo inextricablemente vinculado en el que nuestros actos nos devuelven sus consecuencias amplificadas por sucesivos bucles de retroalimentación imposibles de calcular. La abrumadora consecuencia de esta condición nos haría pensar como Judá León en el poema de Borges, que “la inacción es la cordura”. Pero no podemos elegir no actuar, porque incluso eso mismo constituye una acción. También los supo Stevenson cuando escribió que “el mundo no se recupera de un acto”. No podemos controlar las catástrofes remotas acaso generadas por el más trivial de nuestros actos cotidianos. Ante la incertidumbre cuántica de las consecuencias de nuestro proceder, acaso sólo nos cabe, en el extremo opuesto de la irresponsabilidad capitalista, trabajar puliendo nuestros actos en la ética del convivir.  La seguimos la próxima.

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