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Sin nada, llenos de esperanza

Podría decirse que Andrea y Pablo se conocían desde antes de nacer. Sus madres eran amigas desde pequeñas y sus padres habían trabajado juntos durante muchos años en el ferrocarril, que supo ser, junto al campo, el motor productivo del pueblo.

Andrea y Pablo sólo separaron sus vidas durante algún tiempo de su adolescencia, cuando él partía hacia la ciudad a cursar el industrial y ella hacía el bachiller en el pueblo. Juntos decidieron ir a la universidad, ella tras el sueño de hacer cumplir las leyes y él imaginando construir las grandes obras que su pueblo no tenía.

Allí el amor se apersonó en Victoria, y los tres iniciaban un nuevo siglo en medio de un presente difícil intentando construir, como podían, un futuro mejor.

Y tuvieron que volver al pueblo porque el cielo ya se había nublado y la tormenta amenazaba descargar toda su furia. Y se abatió una lluvia que inundó casi todo, y los vientos volaron techos, paredes y los añosos árboles que cobijaban los nidos de las calandrias. El granizo destruyó los sembradíos y hasta llegó a temblar la tierra ante cada trueno.

Todo quedó devastado. O casi todo.

Victoria cursa sus últimas materias en la Facultad de Derecho, siguiendo aquel sueño de su madre, Andrea. Hace unos días atrás, cuando volvió al pueblo a pasar unos días con su familia la notaron preocupada, con cierto gesto de tristeza.

¿Qué anda pasando, Victoria?, preguntó Pablo.

“Las cosas no están bien papá” respondió ella. “El cielo se está nublando todos los días un poco más y cada vez hay que esforzarse para poder ver apenas un rayito de sol. En algunos lugares las lluvias amenazan a convertirse en tormentas y cada tanto se oyen truenos, y ni yo ni mis amigas sabemos qué hacer”, relató Victoria.

Pablo la miraba fijo, sentado en la eterna silla de mimbre, escuchándola atentamente junto a Andrea, que permanecía parada a su lado. Él levantó la mirada y sus ojos se posaron en los de su compañera, giró su cabeza, tomó su mano y habló.

“Cuando eras apenas una niñita y la tormenta descargó toda su furia, destruyó casi todo. Y cuando digo casi, es porque así fue. Lo único que quedó sano fueron las calles. Parecía que algo o alguien las había apartado mientras la lluvia, el granizo y el viento dañaba todo. Entonces, con tu mamá, tus abuelos, las vecinas, y nuestros compañeros de trabajo nos juntábamos en las calles, y allí nos pusimos de acuerdo en reconstruir cada casa, los sembradíos y la escuela. Y volvimos a la plaza para hermosearla y hasta planeamos hacer algo con la estación de tren que estaba abandonada” dijo Pablo.

“En la calle estábamos todos sin nada, pero plenos de ganas y esperanza”, recordó Andrea. “Y aunque hacía frío, y cada tanto lloviznaba, nos dábamos calor entre todos, charlando, planificando, y nos prestábamos las herramientas que teníamos y hasta fabricamos algunas que necesitábamos para la reconstrucción”, añadió.

“Después de tanto trabajar, desaparecieron todas las nubes y el sol volvió a brillar. Y los campos resplandecían con el dorado de sus espigas y al pueblo llegó la escuela industrial, el hospital y hasta volvió el tren. Se instalaron las fábricas y con nuestros trabajos pudimos pagar la construcción de esta casa, nuestra casa”, enfatizó Andrea.

Victoria los miraba, escuchó palabra por palabra con la misma atención de siempre, al tiempo que sus ojos negros se humedecieron.

Se levantó, caminó hacia ellos y los abrazó con fuerza, mientras su corazón comenzó a latir lleno de esperanza al posar sus negros ojos en la calle.

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