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ESTAMPAS DEL SUR DEL MUNDO

Mañana es mejor

“Mañana es mejor” decía en la letra de una canción el poeta Luis Alberto Spinetta. Pero pareciera ser que no es la reflexión del común. Porque lo usual, lo corriente, es escuchar lo siguiente:

“¡El tiempo de antes era mejor!”

Sin embargo, cuando la persona pinta canas y ha vivido bastante empieza, si quiere ser honesto consigo mismo, misma, a desconfiar de tal certidumbre, la que en algunos casos puede ser real pero que no lo es si se pretende aplicar a toda la existencia.

Si la evaluación se hace en términos históricos, macros, es mucho más fácil el asunto y entonces advertir lo falso de esa máxima, lugar común que pasa a engrosar el manual de las insufribles sandeces que los humanos nos tragamos desde siempre sin discusión como verdades reveladas. Porque mirar bien hacia atrás es descubrir que aquello no es verdad en absoluto y que, por ejemplo, en el medioevo, la tortura y quema de mujeres era legal, el promedio de vida oscilaba con suerte en los cuarenta años y sólo lo excedían los muy pocos acomodados y hasta por ahí nomás, ya que las pestes y males de toda índole alcanzaban a la mayoría por igual, sumiéndola en la crónica desdicha de una horrenda cotidianidad desprovista de toda estructura de bien común y de sanidad imaginables.

Resulta que tampoco en esencia, y lo dicen los que saben, ocurriría que “¡La historia se repite!” circularmente idéntica, en una rueda que gira sobre sí misma y que todo entonces pasa a ser un calco de lo anterior, sino que, en todo caso, la imagen más se parecería a una idea redonda, sí, aunque no estática, con puntos en común con el pasado, pero evolucionando en su desplazamiento (tema este que, con todo respeto, acá se deja para los que saben y que han estudiado al respecto).

Según la madre del que acá escribe (ya fallecida hace muchos años), poeta y enemiga de todo corsé moral, era necesario que los jóvenes de entonces no creyésemos bajo ningún concepto que las relaciones interpersonales eran -como estaba cansada de escuchar de boca de los viejos como ella- mejores en sus años mozos, dado que la hipocresía y el caretaje, en su mayor expresión, eran el naturalizado sino común de las familias en las que se ocultaban las cosas más vergonzosas y se negaba el derecho a los jóvenes a hablar en la mesa y a opinar de nada. Y ni hablar, claro, con respecto a que tuvieran voz las mujeres.

Lo que sí da una impresión de legitimidad es preguntarse si la angustia actual, la soledad, el desamparo íntimo, hondo, es menor que el de aquella gente de mil o más años atrás.

La apropiación de bienes materiales, autos, mansiones, lanchas, quintas, terrenos, enormes ingresos ¿preservan de la infelicidad? Si así fuera, por qué motivo quienes conducen camionetas de alta gama suelen portar (amén del consabido rosario que cuelga del espejo) rictus de enojo y preocupación constante en sus facciones y, por el contrario, los obreros de la obra que van a su trabajo en bondi suelen reír, cantar y festejar la vida, entre el humo de las choriceadas que hacen entre bolsas de cemento, ladrillos, fierros y arena, sólo porque ese día tienen trabajo.

¿No será que tal vez sustraerse del miedo a lo que nos haga el prójimo (“pensamientos catastróficos” de lo que casi nunca sucede), alambrando las posesiones, entrenando perros sanguinarios, encerrándonos en burbujas irreales de barrios privados con guardias armados, consiga que de a poco podamos ir recuperando la sonrisa? El riesgo de aferrarse compulsivamente a lo material, es decir a lo que no importa en lo profundo de verdad ¿no conlleva a la corrupción inconsciente del propio ser?  Tal como lo advirtió el anarquista José Barret cuando escribió aquello de:

“Era feliz sin nada y la propiedad me ha hecho cruel”

Liberarse del peso de lo superfluo puede alivianar la vida, dicen, y tal vez también, quizá, llegar a entender y sobre todo aceptar que, como decía el poeta citado al inicio:

“Mañana es mejor” o, como también terciaba al respecto otro rockero de los setenta, Miguel Cantilo:

“¡Ánimo, che! ¡Que algo merece tu perdón, no todo es un bajón!”.

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