Me pasa siempre. Cuando me entero la edad de alguien, mi cerebro saca cuentas sin que me lo proponga y pienso una fecha, la fecha de su nacimiento. Y entonces, también de modo irrefrenable (porque sí es consciente) mientras algunas de mis neuronas hacen el esfuerzo de sostener la charla, las otras me comunican en qué lado de la historia nació esa persona. Y no digo momento porque para mí es lado. Antes o después de diciembre del 83 es saber si ya nació en democracia, antes o después del 2001, antes o después de 1976, y así. Rodeo su nacimiento de historia. No sé por qué ni para qué, pero lo hago. Con ese dato puedo llevar la conversación al terreno que más me gusta.
Tengo un primo que nació en septiembre de 1982. Por apenas tres meses es “ndM”, nacido después de Malvinas. Siempre sé qué edad tiene, porque las cuentas salen rápido, y el resultado me llega cargado de recuerdos. Yo soy “naM”, y el 2 de abril de hace 43 años estaba en segundo año del secundario, con 13 años, a punto de cumplir 14. Los recuerdos llegan solos, irrumpen, evocan frases, una casa de la infancia y oscuridad.
La noche del 1 de abril, en el patio, mi tío escuchaba su radio de onda corta. Quise decirle algo, saludarlo; pero él, concentrado en esa frecuencia esquiva, en esas palabras que se escondían entre chistidos eléctricos, me ordenó silencio con la palma abierta. Luego dijo: “parece que vamos a desembarcar en Malvinas”. Esa palabra nueva se hacía lugar en mi memoria como el apellido de un pariente lejano del que se habla poco. Malvinas… Malvinas se abrió paso con sabor a lejanías. “¿Qué es Malvinas, tío?”. No recuerdo lo que me dijo, pero sí que lo entendí mejor al otro día, en la escuela, ese viernes 2 de abril por la mañana cuando solo se habló de ese nombre que comenzó a llenar su contenido con palabras nuevas y frases nunca dichas.
Malvinas fue alimentándose de imágenes blanco y negro en la televisión y los diarios, en los colores de las revistas, en el “vamos ganando” o el “si quieren venir que vengan”. Malvinas reclamaba donaciones, bufandas que nunca llegaron a los soldados, las miles de cartas que escribimos, los chocolates que terminaron en los hangares y la desolación. La frase que pronunció el dictador de turno, recuerdo verla en la cocina de casa, en un tele diminuto y también de noche, fue: “la batalla de Puerto Argentino ha finalizado”. Una sentencia rotunda que daba por cerrado el circo mediático de victorias y de euforias para decir, sin decirlo, que habíamos perdido. Que la guerra que íbamos ganando tan exitosamente había terminado y mal. Ya tenía 14 años pero no podía entender, entonces, lo que eso significaba de verdad.
Y pasaron los años. Y cada 2 de abril reivindicamos nuestra soberanía sobre las islas, aunque para ello tuviéramos que volver a los recuerdos de la guerra. Una guerra que nadie extraña. Malvinas, a lo largo de esos años, continuó cargándose de nuevos significados. Mi primo siguió creciendo y en él siempre pude ver cómo se distanciaba de mí ese 1982. Malvinas, la de contenidos nuevos, palabras nunca dichas e historias invisibles, se fue colocando nuevas prendas y madurando otra identidad. Esa guerra nos había legado un deambular de fantasmas y de sombras. En los primeros años, para quienes no los conocimos, porque no éramos vecinos, ni parientes, ni amigos, supimos de todos aquellos a los que llamamos héroes, los caídos, los muertos del dos de mayo en el hundimiento del ARA General Belgrano y de los de Monte London, Darwin, Pradera del Ganso, Puerto Argentino. Para mí, como para toda una sociedad que los seguía viendo por televisión, en las revistas o en los diarios, los otros, los que habían vuelto, los sobrevivientes, eran rostros de muchachos que comenzaban a crecer y ya perdían el rostro de los “chicos” que conocimos en ese gélido otoño del 82.
Cuando llegué a Neuquén, como profe de Historia de escuelas secundarias, Malvinas pasó a ser un contenido curricular de mi asignatura, sin importar el año. Llegaba al aula con mis revistas, mis diarios atesorados, mi memoria. Compartía con mis estudiantes algo parecido a lo que estoy contando aquí. Les daba el testimonio directo de aquel niño espectador que fue presa, como tantos y tantas, de todas las ilusiones que construyeron los medios de comunicación, como trucos de prestidigitador. Y del fin de la magia, del truco y la mentira. Durante algunos años mis clases de Malvinas fueron eso, no de la guerra sino del dolor y del engaño. Y así siguió hasta que di con ellos, hasta que los vi de frente, me hice amigo de los muchachos y hablé, y conocí sus historias, y volví a Malvinas. No a los recuerdos del patio de mi tío, no a la estridencia de los noticieros y el engaño, no a mis propios recuerdos de aquel espectáculo que se volvió macabro. Volví al recuerdo que ellos tenían de Malvinas, los que estuvieron ahí, los que sintieron las bombas, los que vieron a los muertos, los que cayeron prisioneros y sobrevivieron para contarlo todo.
En 2016, mi primo cumplía 34 años y yo conocí un poco más de cerca a Eduardo Asturiano, en Plottier. Con toda la confianza me preguntó cuándo iba a escribir un libro de Malvinas y le contesté que pronto, y que cuando lo hiciera ya sabía quién me iba a contar esa historia. Serio, negando imperceptible me respondió: “yo solo te puedo contar la guerra que viví en el pozo de zorro, en mi trinchera con mis compañeros”. “Si vas al centro de veteranos”, eso me lo dijo Adriana, su esposa, “cada uno de los muchachos te va a contar una guerra diferente”. Y fui. Malvinas explotó en una decena de imágenes y voces diferentes, de vivencias, de lugares y cicatrices que se mostraban únicas, personales, tan privadas como irrepetibles. Y aprendí que Malvinas no es solo la guerra, o la dictadura que cometió todos los crímenes, o los más de seiscientos muertos que cayeron allá, o los más de trescientos que se suicidaron acá. Malvinas, que no se cansa de crecer en sus palabras nuevas, en sus significados de tantas formas, se convirtió en otro mundo nuevo: el de los que volvieron.
Tres años estuvimos escribiendo ese libro. Primero éramos cuatro escritores y terminamos siendo un equipo de veinte personas. Diecisiete veteranos de guerra, diecisiete combatientes, nos contaron cómo fue ir, estar y volver de Malvinas. Hablar con ellos, entrevistarlos, hacernos tan próximos y conocidos, nos permitió pensar en Malvinas de otro modo. Conocimos sus temores en primera persona, de la algarabía inicial que se destrozó el primero de mayo con las primeras bombas y los primeros muertos. Supimos de la incertidumbre, del frío, del maltrato, de los combates, de la sangre en los hospitales y en la turba, del bombardeo enloquecedor de la artillería naval, de la guerra en el aire, en el mar, en la tierra congelada. Y supimos también que ninguno de ellos volvió de esa guerra, no completamente. Los muchachos que fueron se quedaron allá, porque los hombres que regresaron dejaron su juventud, su inocencia de todos los días y trajeron dentro suyo todos los recuerdos, todas las heridas, todas las memorias abiertas de una guerra que no vimos en la radio, no escuchamos en los diarios ni leímos por la televisión, ni en las calles, ni en la pax romana que nos inundó después de aquella frase letal del dictador de turno que dio por clausurada la mentira.
…ninguno de ellos volvió de esa guerra, no completamente. Los muchachos que fueron se quedaron allá, porque los hombres que regresaron dejaron su juventud, su inocencia de todos los días y trajeron dentro suyo todos los recuerdos, todas las heridas, todas las memorias abiertas de una guerra que no vimos en la radio, no escuchamos en los diarios ni leímos por la televisión, ni en las calles, ni en la pax romana que nos inundó después de aquella frase letal del dictador de turno que dio por clausurada la mentira
Este año, mi primo cumple ya 43 años. Tan lejana es la herida, tan distante aquella oscuridad que sigue hasta hoy, iluminando con su negrura estas sombras largas que todavía siguen doliendo.
Cuando los soldados volvieron de Malvinas, regresaron a los cuarteles de la dictadura criminal y no los dejaron salir. Los tuvieron un tiempo que puede ser medido en días o en semanas. Antes de devolver a los muchachos a sus casas, a sus familias, a las calles y la sociedad, los criminales tenían dos tareas pendientes: engordarlos y silenciarlos. Había que darles de comer para que sus cuerpos, espectros arañados por sus propias costillas, no delataran el abandono, que los chocolates se los comieron los mandos, que todas las campañas de recolección de alimentos nunca llegaron a las trincheras. Había que amordazarlos, como a los detenidos desaparecidos en los campos clandestinos de secuestro y tortura. La dictadura criminal siempre fue cobarde para esto, nunca asumió sus culpas ni se hizo cargo de sus actos. A los muchachos, a todos, había que devolverlos a casa con orden de silencio y mandato de olvidar. Les dijeron: “sus familias ya sufrieron demasiado, no las hagan sufrir más, no cuenten nada”. Cargaron a todos ellos con la culpa de haber sobrevivido. Esa culpa, ese dolor y toda la angustia, hizo que Malvinas, para todos y todas fuera un tabú del que no había que hablar. Entre diez y quince años duró ese hermético silencio. En 2016, 34 años después, algunos de ellos contaban cosas por primera vez. Y Malvinas siguió creciendo.
Y entonces, como diría Serrat en “Cartón Piedra”, llegaron ellos. “Me encerraron entre estas cuatro paredes blancas, donde vienen a visitarme mis amigos de vez en vez, de dos en dos y de seis a siete”. Y vinieron a negarlo todo, a convertirnos en locos, como a las madres, negando todo, cargando sobre las víctimas todas las culpas, porque “los inmorales nos han igualao” y ahora parece que tenemos que debatir con su ignorancia cada verdad elemental: que si la tierra es plana, que si la dictadura criminal fue una guerra, que si los secuestrados, torturados y desaparecidos algo habrían hecho para merecerse lo que les pasó. ¡¿Lo que les pasó?! ¿O lo que les hicieron? En su versión de la “historia completa” no existe un “lo que les hicieron”, porque los inmorales niegan haber hecho nada. Y en esa negación llega Malvinas, cae Malvinas. Que ahí no hay argentinos, que esas hectáreas de tierra no merecen nuestra preocupación, que Margaret Thatcher es una estadista admirable, que las islas no son motivo de reivindicación, que quién quiere recordar todo aquello, que para qué sirve la historia. El negador más desquiciado de todos, el más patético y popular, pretende “tabula rasa” y lo que pasó antes ya no importa y no preocupa. Lo hizo con su opositora electoral. Tabula rasa y la que llamaba “montonera tira bombas” es su ministra de Seguridad. El principio fundante de la tabula rasa es la negación, es la aniquilación de la memoria y de la historia, un descuartizamiento del pasado que pretende encerrarnos entre cuatro paredes blancas.
El principio fundante de la tabula rasa es la negación, es la aniquilación de la memoria y de la historia, un descuartizamiento del pasado que pretende encerrarnos entre cuatro paredes blancas. Les tenemos malas noticias, porque la historia somos nosotros, la memoria son los veteranos que no callan su voz, el pasado vuelve en cada frase que nos recuerda que sí, que torturaron, que desaparecieron, que los mataron y los quisieron esconder.
Les tenemos malas noticias porque la historia somos nosotros, la memoria son los veteranos que no callan su voz, el pasado vuelve en cada frase que nos recuerda que sí, que torturaron, que desaparecieron, que los mataron y los quisieron esconder. Les tenemos malas noticias, no existe la tabula rasa para los miles que no tienen la culpa de haber sobrevivido a sus planes criminales. Y hoy cuentan, y hoy hablan, y no callan, y escriben, y leen, y todos sabemos que ustedes mienten. Porque mi primo seguirá cumpliendo años, porque los nacidos después de Malvinas, después del 2001 después de Qatar, también piensan y heredan las tragedias por más que ustedes quieran enterrarlas. Porque algunos van a conocer a ese tío mío que me avisó del desembarco antes de que suceda, porque tal vez estaba escuchando una onda corta de la misma radio uruguaya que después escuchaban los muchachos en Malvinas, entre las bombas, entre los tiros, para saber la verdad: que nunca estuvimos ganando, pero que sí, que las Malvinas nos pertenecen, como nos pertenece el dolor de su nombre y esa deuda que todavía no pagamos con ellos, con los que arrastraron hasta allá y dejaron la vida, con los que volvieron sin volver, y con las familias de todos ellos.
- Diego Suárez, Historiador de Plottier. Autor de “La guerra en mí”.